Implicaciones sociales de nuestra "religión"
- Joel Cruz Reyes
- 16 ene 2023
- 4 Min. de lectura
Comprender mejor el Misterio de la Encarnación de Jesucristo en la sociedad

Para muchos, la religión se interesa solamente de las “cosas de dios” y la política se interesa de las cuestiones humanas. Es decir, la primera es solamente “culto” y su acción no va más allá de los muros de sus templos, mientras la segunda actúa en todas las demás dimensiones de la vida humana, como si la religión solo tuviera el deber de mirar hacia el cielo enajenándose de las cuestiones terrenales y la política se moviera manejando todas las cuestiones sociales como si Dios no existiera.
La religión de Jesucristo, es decir, el “cristianismo”, se diferencia de las demás religiones porque conecta el servicio a Dios y el servicio al ser humano. La fe y las obras no están desconectadas, la liturgia y la sociología del cristiano están íntimamente unidas y, por lo mismo, se convierten en un ideal de sociedad que los cristianos pretenden construir en los contextos donde se encuentran.
El Misterio de la Encarnación de Dios, que celebramos cada navidad, es esta conciencia de que lo divino y lo humano, lo espiritual y lo material toma cuerpo en nuestra carne y en nuestras sociedades.

El cristiano no puede olvidar que su Maestro (Jesucristo) fue rechazado y crucificado porque quienes manejaban los hilos de su sociedad, temían las consecuencias sociales y políticas de su predicación y de sus acciones entre la gente.

El seguidor de Cristo constantemente vuelve a pasar por su corazón esos hechos narrados por los evangelios, en los que su Señor era acusado de subversivo y alborotador del pueblo, casi “enemigo del Estado”, porque planteaba una política donde el Estado estaba hecho para el ciudadano y no al revés. Toda la estructura sociocultural basada en la esclavitud, la discriminación, la usura, la desigualdad en todos los sentidos… temblaba ante el horizonte que dibujaba la fraternidad divina propuesta y vivida por Jesucristo.
El cristiano sabe bien que su religión, en la historia, realmente no fue combatida y perseguida por sus “dogmas” sino por sus implicaciones sociales y sus consecuencias políticas. Los diferentes tipos de persecuciones, las herejías… apuntaban a disuadir o desviar su misión de construcción del Reino de Dios en la tierra hacia un cielo lejos de las cuestiones terrenales vaciando el seguimiento de Jesucristo de su contenido civil y social.

Al final de cuentas, todos los esfuerzos estaban encaminados a separar a Dios del ser humano, por eso el interés de las herejías en quitar a Jesucristo su humanidad, para diseñar un credo en el que Dios no tiene nada que ver con la humanidad y dejar el camino abierto a los abusos de todo tipo.
Alejar a Dios de la humanidad es la finalidad de quienes pretenden que los cristianos no intervengan en el diseño y construcción de las estructuras sociopolíticas en las sociedades donde se encuentran. Y para esto, el primer paso es desconectar la fe de la acción cotidiana en todas las dimensiones de la vida personal y social de los individuos. Pero se olvidan que el cristiano tiene muy presente que el seguimiento de Jesucristo implica encarnar su fe en su acción social y que de sus obras depende su propia salvación.

Pensar que se puede “aligerar” el cristianismo desconectándolo de las obligaciones hacia el prójimo en la tierra, es una ingenuidad para quien no conoce a profundidad nuestra religión. Nuestra religión es diferente porque valora y armoniza el espíritu y la carne y hace de nuestras comunidades cristianas el “Cuerpo de Cristo” que sigue actuando, las veinticuatro horas del día, en las sociedades contemporáneas con el mismo Espíritu, la misma finalidad y la misma misión que Jesús proclamó en la sinagoga de su pueblo (Lc 4, 18).
Convertir la sociedad en un “templo” donde se da culto a Dios con las obras, es la misión del cristiano, por eso no se queda en sus templos de piedra, por hermosos y cómodos que pudieran ser; al contrario, se inserta en todas las contingencias humanas, sociopolíticas y culturales porque son las únicas vías posibles de encarnación de su fe, es la única manera por la que la sociedad puede “conocer” al Dios verdadero.

Cuando decimos que creemos en Jesucristo “Dios y hombre verdadero”, estamos diciendo que Dios y el ser humano comparten la misma historia, viven en la misma sociedad y tienen derecho ciudadano, por lo mismo la dimensión civil y social de nuestra fe se vuelve el lugar donde “convivimos con Dios” y nadie puede negarnos este derecho-deber como ciudadanos y cristianos. Dios, el prójimo y yo, es la unidad de nuestra fe en su perspectiva social, no se pueden separar, quien los separa ya no se puede decir cristiano.
A muchos conviene hablar de un dios desinteresado de la humanidad o de la existencia de un “abismo” que separa al ser humano de Dios. Son discursos que pretenden esconder la realidad: “Dios está entre nosotros”, porque hay cristianos en la sociedad que encarnan su Palabra y su obra.
Lo peor que puede suceder es que, quienes se confiesan cristianos, no se sientan esta presencia transformadora en esta sociedad y acepten que existe una “ciudad de Dios” y una “ciudad terrena” donde Dios no tiene nada qué ver.

Cuando los cristianos hablamos de “comunión con Dios”, en perspectiva social, estamos diciendo que compartimos el mismo proyecto de ser humano y de sociedad. Que las mismas preocupaciones de Dios, respecto a las personas y su entorno, son también nuestras.
Nuestra religión no es una “fuga del mundo” como muchos pudieran creer o imaginar; es contrario a nuestra fe evadir la responsabilidad que tenemos de mejorar nuestra sociedad, buscar el bien común, porque el impulso natural de nuestra fe nos conduce a transformar la tierra en un lugar donde reina la justicia y la paz.

Eso me recuerda a la cruz, tiene dos planos: el horizontal y el vertical. Aspirar al de Dios aquí en la tierra.